La abuela Susana

A las cuatro de la tarde mi abuela Susana me despertaba de la siesta. Yo no sentía sus pasos al entrar en mi habitación, pero siempre me besaba en la frente y me quitaba despacio las mantas. Me levantaba poco a poco, me sentaba en la cama y empezamos a charlar. La abuela tenía muchas canas, siempre despeinada, pero su piel era suave y blanca, parecía que nunca le hubiera tocado el sol. Me preguntaba cómo me había ido en el colegio. Yo le contaba todo, desde que llegaba, incluyendo lo que hacía y lo que me hubiera gustado hacer y no hacía y lo que hacía y no debía.

La abuela me enseñó a tejer. Tejimos una colcha juntas. Las dos repetíamos: mete la aguja, coge la lana, saca la aguja, coge la lana, saca la aguja y vuélvela a meter. Listo el primero y va el segundo. Y así, hasta que completábamos 100. Luego me ayudaba a vestirme y me sentaba a hacer los deberes. A las cinco se iba de mi habitación.

Algunos días me hacía confesiones que sólo hasta que fui adulta las comprendí. Me contó que para ella el mundo se dividía en dos, entre los que sabían amar y los que no. Que el amor es el principio y fin de todas las cosas. Y que si aprendía a amar lo que hacía la vida podría tener un sabor parecido al helado de chocolate.

Me habló de la amistad, me dijo que era mágica, que a los amigos no hay necesidad de verlos ni tocarlos para que existan.

Me habló de la felicidad, me dijo que esa estaba en las cosas pequeñas. En tejer, en bailar y en los helados de chocolate.

Me habló de dios, me dijo que estaba en mí, que lo buscara dentro, que allí lo encontraría.

Para el día de navidad acabamos la colcha. La abuela me pidió que pusiera música, corrí los muebles para hacerle espacio en mi habitación y ella se puso a bailar. Qué bien se movía, me dijo que si el cuerpo baila el alma nunca muere.

Esa tarde cuando llegaron mis padres a casa los llevé a mi habitación. Abrí la puerta con cuidado para darles la sorpresa de la nueva colcha sobre mi cama. Luego les dije que había sido obra de la abuela Susana y mía. Y les canté nuestra canción del tejido. Mete la aguja, saca la lana…

Mi padre fue a su habitación y me trajo una foto de la abuela Susana un poco más joven y peinada. Murió de amor dijo mi padre. Murió porque el abuelo se fue a la guerra y nunca volvió.

Nunca más vino a visitarme la abuela, pero muchos días a las cuatro de la tarde me meto un rato en la cama bajo la manta de colores y espero a que venga a verme. Mete la aguja, saca la lana…

Katy Salazar

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