Sobre las mismísimas murallas de Cartagena de Indias iniciábamos la velada. José, el mayor, levantó el vaso de ron e hizo un brindis por el abuelo. Al ritmo de un lejano bolero, el aire que venía del mar se movía espeso y cálido, de esa clase de aire que es capaz de borrar cualquier herida.
Hacía exactamente un mes que recibí una carta de Colombia, en la que se me comunicaba que, aunque ya se había cerrado el reparto de herencia por la muerte del abuelo, se había encontrado un testamento de su puño y letra que decía: “A José, Roberto y María les dejo la casa que se encuentra en Cartagena de Indias, contactar con Don Pascual Lozano a quién se la dejé en custodia”. En el mismo escrito se les citaba a los herederos para la entrega del bien en la notaria 8 de Cartagena de Indias, en el Caribe Colombiano.
José, después del brindis, recordó anécdotas del abuelo que pedía descuento siempre, lograba rebaja en la panadería, en la gasolinera y alguna vez en el momento de pagar por un par de cafés. Dijo que nunca imaginó que la herencia hubiera resultado tan generosa y brindó de nuevo por nuestra nueva casa.
El abuelo había nacido en el campo, en el seno de una familia muy numerosa. A la edad de 9 años lo pillaron cogiendo unas naranjas en una finca vecina y para evitar la paliza de su padre huyó de casa. Sobrevivió como pudo, soportó hambre y frío, encontró trabajó como aprendiz de tornero y en poco tiempo se hizo con el oficio. Con 23 años llegó a la capital y con 25 aprendió a leer y a escribir. Luego conoció a mi abuela que ya tenía una hija y empezaron una vida juntos.
José se aclaró la garganta y con voz ya de hombre de negocios dijo que había consultado con varias firmas de arquitectos y que el mejor negocio del momento en Cartagena de Indias era, sin lugar a duda, construir un edificio de viviendas. Los hermanos pondríamos el terreno que ocupaba a casa y la firma de arquitectos la construcción. Extendió sobre la mesa los planos de la casa que tenía Pascual Lozano, que muy seguramente sería igual a la que el abuelo nos había dejado y los planos del nuevo edificio que podríamos construir sobre ese terreno. El edificio sería color terracota, tendría un estilo colonial, muy cartagenero, con balcones pequeños y los pisos serían espaciosos y de techos muy altos
Roberto, el mediano, también brindó y dijo que era posible que fuera un buen negocio el que planteaba José, pero que no estaba en posibilidades de realizar ningún proyecto a largo plazo. Que una vez notificado del nuevo legado del abuelo, había necesitado algún dinero con urgencia para su viaje de boda, bueno, de su cuarta boda y que había avalado el préstamo a un amigo con la nueva propiedad en Cartagena. Así las cosas, él prefería vender la casa sin más dilaciones. Recogió los planos de José y puso sobre la mesa la tasación comercial de la casa de Pascual Lozano que seguro sería más o menos parecida a la que el abuelo nos habría dejado.
Mis hermanos se enzarzaron en una fuerte discusión sobre qué era mejor, si derrumbar la casa y construir sobre el terreno o vender lo antes posible y repartir el dinero. Pagué la cuenta y me fui al hotel.
Habíamos quedado huérfanos de padre, madre y abuela muy pronto. El abuelo que realmente no era el padre de nuestra madre nos acogió y nos cuidó. Las restricciones fueron nuestro patrón de vida. La dureza de la niñez y juventud del abuelo había hecho de él un hombre con miedo a la escasez y ahorraba en todo. La tacañería es una actitud de vida que se extiende a los sentimientos y al amor. Somos hechos de los besos y de los abrazos y de eso el abuelo recibió muy poco.
Soy escritora de corazón y sobrevivo haciendo traducciones. Vivo en Londres hace cinco años. Mis amigas dicen que me escondo detrás de mis palabras escritas, aquellas que no he sido capaz de publicar. El mundo real me supera. No sé muy bien qué hacer con la nueva casa. Por mí, colgaría una hamaca y me tiraría allí con un zumo de maracuyá a crear historias. Jugaba de niña en la casa de Pascual Lozano, cuando todavía vivían mis padres, que al parecer estará cerca a la que nos dejó el abuelo. La desafiante idea de volver al lugar donde algún día fui feliz.
Todos en punto en la notaria. D. Pascual Lozano se presentó con una caja de cartón y la puso encima de la mesa y dijo que hacía entrega ante notario de la caja que el finado, que en paz descanse, le había confiado en vida.
El notario abrió la caja y en ella encontró dos sobres y un paquete. Uno para cada uno.
En su sobre, José encontró la medalla que había ganado de niño en un campeonato de ping pong.
En el paquete, Roberto encontró el peluche con el que dormía de pequeño.
Y yo encontré el poema con el que gané mi primer concurso literario. También encontré una nota del abuelo en la que me decía que nunca dejara de escribir, que adoraba cada letra, cada verso y cada uno de mis pensamientos.
Al otro día nos llegó al hotel una nota urgente del notario, diciendo que sentía mucho la equivocación, pero que el abuelo había escrito en el testamento caja y se entendía casa. Problemas con la letra “s” del finado, que en paz descanse.
Bajé al bar del hotel, pedí un zumo de maracuyá y un sobre. Le escribí a mi editor una nota con la copia del borrador de mi primera novela.
El aire que venía del mar se movía espeso y cálido.
Katy Salazar.