El banquete o del amor

Acto I

Una mesa alargada, un mantel bordado en hilo, dos candelabros dorados tallados y altos en cada extremo, sobre ellos dos velas encendidas. Doce platos, copas, servilletas, cubiertos y un nombre sobre cada plato. Justo sobre el medio de la mesa y colgada del techo, luce brillante una lámpara de araña que llora con lágrimas de cristal. Al final del salón una gran chimenea con fuego vivo.

El reloj de pared marca las ocho en punto. Van entrando las mujeres de largo y los hombres de traje oscuro que dejan sus abrigos en la entrada. Una mujer no muy alta de buenas carnes y joyas gordas va saludando a cada uno de los recién llegados, su marido a su lado se dedica a dar la mano y a observar con detenimiento a cada una de las mujeres a quienes les dedica una sonrisa. Poco a poco se va llenando el salón recibidor.

Una bandeja con copas de vino blanco y tinto para empezar. Una mujer con el pelo castaño oscuro y rizado que le cae sobre la espalda, con su copa en la mano, y su acompañante se muestran muy interesados en lo que les está contando uno un poco más mayor con gafas azul chillón y que va acompañado de una mujer que luce un vestido rojo y que sobresale entre las demás. La raja lateral del vestido le deja ver unas piernas torneadas y la parte superior deja ver los hombros, resaltan así los guantes negros que llegan un poco más arriba de los codos. Con el pelo rubio recogido sobre la nuca, luce unos pendientes largos con una piedra del mismo color de su vestido y que hace un juego perfecto con el color de su pintalabios.

Los invitados parlotean ya animados. La anfitriona de buenas carnes y joyas gordas toca con una cucharilla su copa y todos van pasando despacio a rodear la mesa buscando su puesto asignado. Todos ya sentados en la mesa. La anfitriona se levanta y dice en alto: “Agradezco de corazón que estéis todos aquí acompañando en este día tan especial a mi hija Silvana y su prometido Julián” y mira a su derecha a una chica joven con su misma cara y con treinta kilos menos. Luego mira a su izquierda a un chico que se sonroja. El marido anfitrión se levanta desde la otra punta de la mesa y levanta la copa en señal de dar inicio del banquete.

Una vez servido el primer plato, el acompañante de la chica del pelo castaño y rizado se levanta y dice en voz alta, atrayendo la atención de los comensales: “Agradezco la invitación a este banquete. Dirige su copa a los anfitriones. Esta es una celebración en honor al dios del amor. Silvana y Julián hoy se comprometen a unir sus vidas. Comprometerse con el amor es un acto de valentía.  El amor es un sentimiento profundo que nunca prospera en los corazones cobardes que se amedrentan. Si por una especie de encantamiento, un ejército sólo se compusiera de enamorados, sería el ejército más valiente de la tierra. Propongo un brindis por el dios del amor, ese que nos hace valientes».

Todos levantaron su copa.

El invitado sentado al lado del anfitrión esperó un rato antes de hablar y unos cuantos sorbos de vino y dijo: “Me temo no estar del todo de acuerdo. El amor, mis queridos amigos, no es un dios de los valientes, es realmente un demonio. Es un demonio que nos hechiza. Es un demonio que nos enajena, nos ciega y nos posee. Cuando nos enamoramos todo lo demás que no tenga que ver con nuestro objeto amado pierde sentido y todo nuestro interés. Nos ciega porque convertimos los defectos de la persona que amamos en virtudes. Es un mago que nos posee. Gracias a ese demonio los enamorados convertimos a la persona amada en nuestro particular dios. Propongo un brindis por el demonio del amor».

Todos levantaron su copa.

El de las gafas de color azul chillón, esperó a que le terminaran de servir, se levantó y dijo: “Ni dios, ni demonio. El amor, amigos míos, es la manifestación de lo bello. Reconocemos que hay amor, amigos, cuando por arte de magia vemos lo que amamos siempre hermoso. No importa el paso del tiempo, la rutina, ni los cambios de la vida. Los ojos del que ama siguen viendo la profunda imagen bella de la cual un día se enamoró”.  Propongo un brindis por  la magia del amor.

Todos levantan su copa, menos la del vestido rojo que deja ver sus piernas torneadas,  sin hacer el brindis, se levanta y se dirige al tocador.

Con los cafés ya en la mesa, la chica de los rizos exclama: “¡Ay el amor! Los primeros momentos del enamoramiento me siguen pareciendo irresistibles. Yo pienso que el amor no puede ser ni un dios, ni un demonio, ni una manifestación de lo bello. El amor es un rayo que cae sobre la cabeza, nos parte los huesos y nos tira al suelo. Después de ese rayo ya no se puede volver atrás. A partir de ese momento la vida ya sólo tiene un sentido: intentar levantarse para alcanzar ese amor”. Propongo un brindis por ese rayo fulminante.

Todos levantan su copa.

El anfitrión se pone de pie y dice: “¿El amor es un dios?  ¿Es un demonio? ¿Es una manifestación de lo bello? o ¿Es un rayo que nos parte? Interesante debate. ¿Pero qué piensan del amor los protagonistas?  Dejemos que hablen los novios.”

Silvana emocionada dice: “Alguna vez leí que los dioses nos crearon unidos y que al nacer por un descuido humano un maleficio nos separó. Entonces, los dioses nos condenaron a pasar la vida buscando nuestra otra parte. Yo la he encontrado, sin ninguna duda. Desde que conozco a Julián mi vida sólo la puedo pensar y expresar en plural, él y yo”.

Todos aplaudieron con emoción. La mujer de rojo volvió a su sitio.

Julián levantó su copa y dijo “Para mi ella no mide lo que mide de altura. Silvana es mi todo, mi diosa, mi demonio, la manifestación de lo bello, mi rayo, mi infinito”.

Más aplausos.

El reloj de pared marca las doce en punto y las llamas de la chimenea se están apagando.

Acto II

En el coche ya de vuelta a casa. Ella se va quitando el recogido, cada vez que quita una horquilla que lo sujeta va dejando un mechón suelto, hasta que todo el pelo rubio cae sobre su vestido rojo. Sacude la cabeza, como si ese recogido le hubiera tenido sujeta su vida.

Durante el viaje sólo se escucha una música lejana en la radio y una interrupción para dar un parte meteorológico. 10 grados bajo cero, heladas en toda la región. Ni una palabra sale de él, ni de ella. En el coche se escucha solo la pesadez del silencio.

Entran en la casa, él cierra con un portazo. “Esta casa está helada y apesta” y se dirige al jardín a fumar un cigarrillo.  Ella camina hacia la cocina. Cierra bien el frigorífico, tira un queso ya en mal estado. Enciende la calefacción. Se quita los zapatos. Se dirige a la habitación, se quita su vestido rojo y lo tira sobre una silla.

Con el pijama ya puesto, mira su móvil y contesta un WhatsApp: “Si, una cena encantadora. Un verdadero banquete. Cada uno con sus teorías del amor.  Me hubiera gustado decir en alto, pero no tenía preparado un discurso con palabras bonitas, que sí que es verdad que el amor se enciende un día, pero que se  recrea todos los días».

Un rato después recibió una respuesta: «El amor es velar por los instantes perfectos».

Katy Salazar.

Learn how we helped 100 top brands gain success