El Resucitado

Si pudiera abrir los ojos, vería ese forro blanco desalmado que cubre la caja que me contiene. Ya habrá gente sentada en la sala, dejándose ver y pensando, otra vez éste sinvergüenza se vuelve a morir.

Calma, se trata de recordar lo que tengo que hacer. De abajo hacia arriba, pie derecho muévete, rodilla izquierda dóblate, mano derecha levántate, boca intenta sonreír. Nada, estoy paralizado. Huele a flores de muerto.

Recuerdos en orden. La otra vez me desperté desorientado. Podía oír los rezos y los lloros. Cuándo entendí lo que pasaba empecé a respirar lo más fuerte que podía por si alguien me podía escuchar. Pasos que se acercaban, nunca lo suficiente, nadie quiere ver de cerca la muerte.

Al día siguiente me quemarían vivo. Le había pedido a Sonsoles en aquellas mañanas que hablábamos de mucho y de nada que llegado el momento no dudara en incinerarme y que la caja con mis cenizas la enterrara en el jardín de la casa verde. Mi cuerpo en llamas y la caja enterrada, ése era mi futuro excepto que alguien me escuchara respirar.

La gente que se acercaba decía cosas en bajito, supongo que rezaban, o se despedían o alguno seguro que me maldecía. Nadie que yo pudiera reconocer sin abrir los ojos. Y en mi cabeza la angustiante idea de mi cuerpo en llamas y la caja en el jardín. De repente unos pasos conocidos se acercaron despacio. Era Sonsoles. Sentí su mano que me acariciaba la mejilla y todo su amor en sus dedos, uno por uno, tocando despacio lo que ella creía que ya se había ido. Yo le gritaba enmudecido que se acercara más, que me detallara, que sintiera mi aliento, que me escuchara, que viera que estaba vivo. Ella quitó su mano y se alejó. Ése fue el peor momento. Me sentí perdido.

Me quedé dormido o me desmayé de miedo. Desperté con la lengua pastosa y ya no escuchaba nada. El vacío del silencio. Me contó Sonsoles que cuando llegó la noche, la habían llevado a casa para que descansara un poco, le esperaba un largo día. Ya en la cama algo en su interior le hizo levantarse, vestirse, llamar un taxi y volver al tanatorio corriendo a verme. Escuché de nuevo sus pasos, su mano en mi nariz y sentí un par de cachetadas. Sonsoles, vida de mi vida.

Me costó casi tres días poder volver a hablar, tres semanas caminar y casi un mes sentirme del todo vivo.

Hoy repito la historia, pero la historia no se repite de la misma manera.

Calma, respira.

El Resucitado

Cuando los niños me veían, se daban codazos y corrían a esconderse. Me llamaban el resucitado. Las señoras se agarraban del brazo de su marido como quién se protege del diablo y cambiaban de acera. Los que iban solos, me hacían un saludo de lejos, ese de levantada de cejas o una corta inclinación de la cabeza y apresuraban el paso, les entraban las prisas.

Elaboré una detallada lista de todos los que me habían enviado flores, de aquellos que habían ido a mi velorio, de los que con su puño y letra habían enviado una nota de pésame. A ellos fui a visitarlos uno por uno.

Comía pronto, me echaba un poco la siesta y a eso de las cuatro de la tarde me dirigía a cada casa. Primero tocaba el timbre, yo ya sabía lo que iba a suceder, nadie abría la puerta. Quietud total. Dejaban un tiempo prudencial para que me cansara y me fuera. Yo imaginaba a alguno con el dedo índice pegado a la boca pidiendo silencio. Volvía a tocar el timbre, buen momento para encenderme un cigarrillo. A la tercera vez, ya les daba un poco de apuro. – Pero si es Celestino que alegría de verlo tan vivo – ¿Qué le trae por aquí? Asomaban sólo la cara. Escondían el cuerpo tras una puerta que tenía muchas ganas de cerrarse. Buenas tardes, vengo a agradecerles personalmente los rezos por mi alma. Con resignación,  me hacían seguir y yo les entregaba el bizcocho que mi Sonsoles había preparado con mucho esmero. Conversábamos un rato y ya casi para despedirme muchos me preguntaban que si había visto a dios en mis horas de muerto y luego antes de irme me decían que si lo volvía a ver que no me olvidara de ellos.

Luego elaboré la otra lista, la de los amigos que no habían tenido ni un detalle con mi Sonsoles. Ni una flor, ni un mensaje, ni una llamada tan siquiera. A ellos les dedicaba las mañanas, cuando estaba más fresco. Muchos no me abrieron la puerta y ahí se quedaron, sin mi perdón. Otros, me hacían esperar. ¡Buenos días Jacinto! Y el Jacinto se hacía el que no me había visto. Pero yo me acercaba mucho y cuando no tenía más remedio me saludaba. Charlábamos de la vida y de la no vida. Después de un rato, les preguntaba que por qué no habían ido a acompañarme en mi muerte. Que allí se siente uno muy solo. Qué mi Sonsoles les había echado de menos. Cuando ya nos despedíamos muchos me decían que los disculpara, y que no me preocupara, que no volvería a suceder.

Volvía a casa cantando. Me vendría bien ahora poder recordar una canción. Nunca logré aprenderme una canción completa.

Calma, respira.

Sonsoles

Si por lo menos, esta vez, me hubieran metido en esta caja un poco más cómodo. Pero mira que se los dije, por si acaso, la próxima vez, sin zapatos y sin corbata. ¿A quién se le ocurre abrochar el primer botón del cuello de la camisa a un muerto?

Los recuerdos en orden. Levantarme pronto a poner el agua para el café. Te despertaba despacio. ¡Buenos días mi sol! Acomodaba los dos almohadones. A pequeños sorbos, empezábamos el día contándonos las mismas historias que ya nos sabíamos. Hablábamos de tu niñez. De tu hermana la preferida de tu madre. De la amiga que se casó para tener un hijo y  del marido que se casó con ella para salir de pobre, y que eran felizmente infelices. Y de la injusticia del mundo, de las noticias del pueblo, y de mucho y de nada.

Y pasó un año después de mi vuelta a la vida.  Un día abrí el frigorífico y me encontré con diez cajas de huevos.  En este momento dijiste que ibas a hacer una tortilla para la cena y que no había suficientes huevos, que no tardabas, que ibas a la tienda. Luego encontré varias cajas de leche en el garaje, mermelada debajo de la cama y un día saliste de la compra y no supiste volver sola a casa.

Decidiste, también, que tenías que organizar los armarios, que ya no cabía la ropa. Me mostraste que no te habías dado cuenta de que justo debajo de los fuegos de la cocina había un sitio tan cómodo para guardar la ropa de lana de invierno. Y ordenaste las prendas por color. A la derecha las tuyas, a la izquierda las mías.  Ese mismo día vino la vecina de visita y tú aprovechaste para mostrarle tu nuevo pequeño armario. La vecina me dijo que eras un peligro. Que si se te ocurría encender el horno volaríamos todos. Que si yo no actuaba ella llamaría a la policía.

Te hice la maleta y te llevé a la residencia, hacía un mes que guardaba en mi cartera la orden de internarte que me había dado el médico.

Cuando salí de dejarte en aquel lugar, volví a casa despacio y sin canciones. Por primera vez sentí en mis huesos el frío de la soledad.

Se acerca alguien, tú hazte el muerto.

Calma, respira

Me enamoré de ti

Que cuando te enamoras ves las cosas como no son. Mentira, vi tus piernas caminando por el pueblo y las vi tal y como eran, perfectas.

Y allí estabas tú, en la parada del autobús ese día de junio. Y yo queriendo que ninguno de los autobuses que pasaban te sirviera, que me dieras un poco más de tiempo a tu lado y mira tú que me fui contigo hasta el final de mis días. Te pregunté tu nombre y te pregunté por tu vida. Después de escucharte un poco quería saber todo sobre ti y unos días después ya quise saltar a tu alma y quedarme a vivir para siempre. Yo te conté lo que podía contarte, mi vida en ese entonces era un desorden, de trabajos, de amores y de sueños.  Yo no esperaba la entrada estrepitosa de unas piernas como las tuyas dando pasos cortos y profundos sobre mi pobre existencia.

Decidí quererte despacito para no asustarte.  Nos encontrábamos en la pastelería a merendar los lunes de cinco a ocho los primeros meses y luego en mi piso, sin lámparas, con humedades y con una cama que ya sólo ocuparías tú. Entonces, la verdadera vida sólo era los lunes de cinco a ocho.

Luego fuimos a vivir a la casa verde con jardín, dónde al final no se enterró la caja. Ahora que lo pienso, nunca me dijiste si fuiste feliz conmigo. Pero me queda muy poco para arrepentirme o amargarme con verdades.

Calma, respira.

Años dorados

Recordar en orden buenos momentos. Los 14 años. Los amigos, el verano, esperar el silbido secreto que todo el pueblo conocía. Todos al escondite. Pantalones cortos, toser para aprender a fumar, futbol, revistas. Días de sol, días eternos.

Tomás era el mejor de todos, era el más alto.  Al siguiente verano no vino al pueblo, su padre había muerto. Los silbidos fueron a menos. Dos veranos después cerramos la puerta del escondite, poco a poco empezamos a actuar como adultos y el futuro entró en nuestras vidas.

Reunir a los del escondite fue mi alegría de viejo. Tomando cervezas y recordando, nos dimos cuenta que, sólo habíamos envejecido, nunca crecimos.

Calma, respira.

¿La eternidad?

Pensar tranquilo, recordar con orden. Dentro de mi hay algo que tiene nombre y que relata esta historia. Creo que eso es lo que soy.

Cuando venga Tomás y me ahogue con este cojín que está debajo de mi cabeza dejaré de respirar. Ese fue el acuerdo. Mañana cuando vuelva el médico a certificar mi muerte antes de llevarme al crematorio sí que estaré muerto.

Puede suceder que mi alma salga de mi cuerpo y ese ser que hay dentro de mí se libere, se eleve y eso que es mi yo pueda verme con mi cara de muerto dentro de la caja que está forrada con la tela blanca.

Pueda que exista dios y tenga que ir al juicio final. Los juicios no son lo mío. Vendrán como testigos amigos y enemigos. A los enemigos se les oirá más. Suele suceder. Me iré al infierno. El Infierno, debe ser como vivir eternamente en este horror de vestido, con el botón de la camisa arrugando mi cuello y con estos zapatos que aprietan como un diablo.

También puede suceder que en la sentencia del juicio divino no me condenen y que me quede del lado de los buenos donde está dios. Entonces prometo que recordaré darle a dios los recados de mis amigos que me enviaron la primera vez flores y que rezaron por mi alma. Y es allí, en el paraíso, donde me quedaré a esperarte mi Sonsoles. Me dijeron los médicos que pronto olvidarás todo, hasta respirar.

Calma respira.

Nadie me espera

El último día que fui a verte, te preguntaron que si sabías quién era yo y dijiste que claro que lo sabías que yo era el hermano de la vecina. Víctor, que murió hace 10 años.

Un rato después te llevé un zumo de piña natural, tu preferido. Te lo puse en un vaso en la mesilla de noche al lado de tu cama. Y te vi cómo se te hacía agua la boca, me mirabas, bajabas la mirada y mirabas el vaso. Finalmente me di cuenta de que no te acordabas como se cogía el vaso para llevarlo a la boca. Cuando te lo acerqué, me sonreíste y me dijiste que te apenaba pedir favores a personas desconocidas.

Ya te extrañaba y estabas a mi lado. Tú sin saber que, en tus huesos, en tu carne, en tu boca, en tu sonrisa estaba toda mi vida. Te cogí del brazo y salimos de la habitación al jardín, fue el último paseo sin ti.  Ese día entendí que te había perdido. Y que, al olvidarme, al no reconocerme, tú mi Sonsoles, me habías borrado de tus ojos, de tu mente y de este mundo.

¿Para qué volver?

Otra vez, el vacío del silencio con olor a flores de muerto.

Si, creo que son los pasos de Tomás.

Katy Salazar

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