Escribir

Escribir es una manera de capturar esa esencia profunda que sabe a dulce de leche con una pizca de nostalgia, tres gotas de humor, un terrón de ilusión, dos meses de amor intenso y cien gramos, como poco, de jodido sufrimiento que significa vivir.

Me esfuerzo por acercar mis pensamientos a mis palabras. Pongo comas, puntos, exclamaciones, puntos suspensivos y cuando le quito dos puntos a esos puntos suspensivos ya me siento completa, punto final.

Escribo mucho, por ratos, por momentos, en la cama, por impulso, todos los miércoles de ocho de la mañana a dos de la tarde y todos los días en punto.

Las palabras crean historias y nuevos mundos y ahí me mudo a vivir, pongo en el camión de la mudanza mi silla de escribir, papel con rayitas, mis lápices, mis recuerdos, mis olvidos y unas cuantas gomas de borrar. Vivo con esa historia un tiempo, la peino, la maquillo, la visto, la desvisto y la vuelvo a vestir y cuando no le falta ni una coma le pongo fin. Ellas, las buenas historias, luchan por su vida, pero hay que terminarlas para que puedan vivir. Vacía de mí, vuelvo a casa donde por suerte me espera sentado, tomando café en la cocina, un nuevo argumento que me ve guapa y me quiere invitar a bailar.

Me gusta el ritmo silencioso del que escribe.

Otro día, sólo tenía dos personajes, especiales eso sí. Un emigrante y una mujer que trabajaba en la recepción de un hotel. No tenía ninguna historia para ellos, sólo que corría el año 1950. Pero los dos fueron andando, se encontraron, se entrelazaron, unieron sus triángulos con sus círculos. Me mostraron lo que uno era capaz de hacer por el otro. Ellos solos se iban creando, yo sólo fui testigo de ese amor.

Me sorprendo leyendo varias veces los inicios de los que saben escribir. Esos me seducen, “Lolita, Luz de mi vida, fuego de mis entrañas, pecado mío, alma mía, LO – LI – TA”. Así comienza Nabokov su novela y con ese pedazo de comienzo nadie puede parar de leer.

Lo que no escribo me pudre, me mata.

Mis muertos, llevo algunas semanas con mi padre, que se hace carne sonriente cuando le recuerdo. Ahogando los murmullos de los bares del centro de Madrid, hoy vamos caminando por sus calles y discutiendo el final de mi primera novela, nos queda un largo paseo.

Katy Salazar

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