Como yo, ninguna

Nací en el año 1855, pobre, campesina, pelirroja e ilegítima.

Mi madre me enseñó a bailar y a pararme de puntillas, me decía que así doliera era la única manera de sonreír con los pies. Decía que no había un ser en el mundo más gracioso que yo bailando. Que, como yo, ninguna. En su último día me dijo bajito y al oído que me amaba por encima de todas las cosas y que los ángeles existían. Murió cuando yo tenía 12 años.

Mi padre para esconderme de su lujosa y legítima vida me sacó del pueblo y me llevó a París y me presentó al Sr. Oller que tenía una casa que tenía nombre, un nombre luminoso y rojo en la entrada. Mi padre me dejó allí, muy escondida.

A los 15 años hacía la limpieza de toda la casa y ayudaba a mis amigas las bailarinas con sus vestidos y su coqueteo con los clientes. Llevaba y traía recados. Con esa edad ya me había olvidado de todo, de mi pueblo, de mi casa, de mi madre, de mis zapatillas y de mí misma. Y, sobre todo, me parecía imposible que alguien me pudiera amar por encima de todas las cosas.

Mi virginidad se rifó con gran emoción de las chicas en una noche en que se cerraron las puertas de la casa y sólo se quedaron los más asiduos del lugar. Me dejaron un vestido verde, decían que hacía juego con mi pelo rojo, me pusieron tacones, un collar y me contaron que iba a ser una noche muy especial. No hubo noche especial. Un canalla cualquiera. Después de esa noche, vinieron muchos a verme y a beberme. Unas cuantas noches y entendí que para esos hombres después de la fiesta yo era la última copa, la copa del olvido.

Lo mejor de la casa, con letrero rojo en la entrada, era la música. Me hice amiga de todos los músicos, pero en especial del pianista, un hombre bajito y encantador. Todos los días le llevaba un café antes de iniciar la velada. Un día me contó el secreto de su piano y me dijo que las teclas negras representaban la tristeza y que las blancas representaban los buenos momentos y que eran necesarias los dos para tocar una hermosa melodía. Entonces yo le conté el mío, que me paraba de puntillas y que no había un ser en el mundo más gracioso que yo bailando.

Al día siguiente el pianista me llevó a su casa, me instaló y me matriculó en una academia de ballet. Viví en su casa dos años, nunca me tocó. Sólo tenía que tener todo dispuesto para cuando su madre viniera a visitarnos.  Si, los ángeles existen.

Llegue a ser la primera bailarina del Ballet de París. Ese día fue el gran día. Así me pintó Edgar Degas, soy su Bailarina verde. En un palco especial estaba el pianista que luego fue mío y yo de él. Terminas enamorándote de los ángeles que miman tu alma. Y yo creo que también estaba mi madre aplaudiendo y gritando que, como yo, ninguna.

He esperado algún tiempo para develar mi secreta historia.  Más de un siglo. Seguramente, a nadie le hubiera gustado escuchar que la primera bailarina del ballet de París hubiera sido en una época de su vida la última copa del olvido.

Katy Salazar

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