El día anterior en un autobús, se habían conocido; se estaban buscando. No se dieron cuenta, pero pusieron su mejor cara, la mejor que la vida que habían vivido hasta ese momento les permitía poner. Le cedieron la palabra a su ingenio que rápidamente reconoció que ese nuevo ser que aparecía, así de repente, podía ser el futuro para una noche o para muchas noches. Horas deliciosas de improvisada seducción.
Al día siguiente caminando de la mano, le dieron una vuelta a la rotonda donde se encuentra la joven diosa Cibeles. Siguieron andando un buen rato por el Paseo del Prado y ya llegando al final, les apeteció una foto de cuerpo entero en la torre Eiffel.
Con la foto hecha, apareció una barca que les llevó por el Bósforo para bajarse y tomar un té dulce en el mercado de las especias de Estambul.
Poco a poco el mundo se hizo un sitio de ruidos, pero ellos dos lo único que escuchaban claro eran los susurros que se decían, con sus historias de risa y con sus secretos escondidos.
Con el sol de mediodía, reservaron una mesa en Siracusa frente al mar Mediterráneo dónde los triángulos de Arquímedes reposaron sus vértices, allí le dieron bocados a un pescado envuelto en papel de plata, hecho sobre fuego de leña, acompañado de un Frappato con sabor a uvas de la región.
Pronto les esperaba un paseo por el malecón habanero con la brisa del mar Caribe acariciándole sus caras.
La ternura les toco sus almas, entonces les pareció que había llegado el verdadero amor.
El café, lo tomaron al lado de la feroz esfinge del Cairo. Ella les hacía sentir pequeños.
De cena, perritos calientes en cualquier esquina luminosa de Nueva York.
Recorren Oporto y desde una terraza junto al río Duero, ven el día apagarse y las luces de la ciudad al otro lado, como una montaña que empieza a abrir los ojos.
Y como si un tango se dejara escuchar por un caminito que el tiempo ha borrado, bailan despacio, y cuando el bandoneón ya no suena más, se dan cuenta que han pasado solo veinte años.
Al día siguiente, caminando de la mano, dan pasos lentos y pesados. Él arrastra los pies llevando un tubo de oxigeno que chirría. A su derecha en la habitación 303 una mujer se queja. Que no hay prisa, pero que hay poco aire. El mismo pasillo se repite muchas veces.
Y al día siguiente les autorizan volver a casa y se sientan uno y recuerdan como se conocieron y su vida juntos. Piensan, que a pesar de la enfermedad, ese calorcito que atraviesa hoy por la ventana y les moja la cara no es otra cosa que felicidad.
Katy Salazar