Pequeña venganza

El cartero no necesitaba llamar dos veces, Anita lo estaba esperando. Semanalmente recibía dos páginas escritas con una cuidadosa letra en la que su hijo le contaba su maravillosa vida en Nueva York. Una mañana la carta pesaba un poco más venía acompañada de un billete de avión. Anita sintió que la realidad superaba sus sueños. Ella estaría allí paseando por las calles de la capital del mundo del brazo de su hijo.

Pobre muchacha, la embarazó y no se supo más de él. Era el comentario de las vecinas mientras merendaban en la pastelería más bonita del barrio. Anita sonreía y hacía como que no las oía, se sentaba en una mesa sola y pedía un café sin azúcar. Había decidido que esa nueva criatura que venía en camino le daría sentido a su vida. Fantasear con un bonito futuro, para ella y para su hijo, era su peculiar manera de no morir de realidad. Alfonso nació, así también se llamaba el que no se supo más de él.

El 21 de enero de 1965 Anita aterrizaba en el aeropuerto de Newark. Se bajó del avión despacio, vestida de colores muy vivos, cada escalón lo pisaba fuerte como pisando el pasado. El aire de ese duro invierno le coloreaba las mejillas y le entraba como un rayo helado directamente a los huesos. De país tropical, ese frío tan intenso nunca lo había sufrido, pero ella lo sentía como una bienvenida arrebatadora que le dedicaba la naturaleza. Esa noche soñó, el mismo sueño que la acompañaba muchas noches de los últimos 25 años.  Todas sus vecinas estaban en la calle mirándola pasar. Todas con sus respectivos gatos, para que ella, la apestada, la embarazada sin macho conocido no pudiera entrar a sus bendecidas casas. La miraban con desprecio, esas mujeres sin rostro, sin líneas, sin sabor, sin olor, sin escritos, sin palabras, sometidas a las reglas que habían dictado sus hombres, la religión y la sociedad. Tan pronto se despertó buscó la lista que había elaborado con mucho cuidado con todas las direcciones de sus vecinas. Bien abrigada por su hijo, Anita salió a recorrer esa gran ciudad.

Alfonso creció con estrecheces. Era un pobre más en un país de muchos pobres, en el que los perros ladran su mugre de día y de noche y los huecos de las calles mueren de olvido. Un día decidió que quería que la vida respondiera a sus sueños y a los de Anita. Abrió su maleta, la dejó un buen rato con la boca abierta y le echó todo lo que pudo. Aunque su vida entera no cabía en ella ni tampoco el amor de su madre, estaba seguro de que en el nuevo país podría construir nuevos recuerdos.

Anita en sus paseos diarios compraba postales. No envió ninguna postal a sus amistades, le parecía que no era necesario. Pero, con su lista de direcciones en la mano, envió una postal a cada una de sus enemigas, las vecinas, a esas que la habían despreciado, sin excepción. “Querida Amelia, enviándole un saludo desde la Estatua de la Libertad, aquí pensando en usted, imaginándola muy atareada en su carnicería, siempre he creído que trabaja mucho y que podría descansar algún domingo, se le ve con poco brillo”. “Apreciada Carmela, desde el último piso del Empire State recordándola, algún día, estoy segura, podrá usted salir de su estrecha tienda con techos bajos y ver las maravillas del mundo”. “Estimada Magnolia, le envío estas vistas del puente de Brooklyn. Hay unos bares encantadores, su marido, que no sale de ellos, disfrutaría mucho por aquí”. “Recordada Ester, paseando por las orillas del Rio Hudson vi a un chico encantador como para su hija la mayor. La última vez, la vi saliendo de la sacristía a las 3 de la madrugada. Tanto rezar para una chica tan joven, no debe ser muy bueno”.

Alfonso sólo trabajaba y ahorraba. El tercer año ya pudo alquilar un piso, y enviar el billete de avión a su madre. Tenía sólo un amigo y era en la vida de juerga de ese amigo en la que se inspiraba para escribirle a su madre las dos páginas con la cotidianidad de su maravillosa vida inventada en esa gran metrópoli. Una vida sin alma, pero caminar del brazo de Anita por las calles de Nueva York, comprando postales, le daba todo el sentido.

A la vuelta de esos dos meses de viaje, Anita pasó a ser una señora muy popular. – Queridas, caminar mucho en un trozo de tierra muy pequeño no es bueno, hay que ampliar los horizontes – les decía a las vecinas que se lanzaban a invitarla a merendar, a ella que ya era una mujer de mundo. Anita sólo llevaba en su cartera un billete de 100 dólares que no cambió nunca por moneda nacional. Cuando llegaba la hora de pagar la cuenta ella sacaba su billete de 100 dólares y decía, – lo siento, las invitaría con gusto, pero sólo tengo dólares en mi cartera y en este establecimiento no los reciben-.

Anita, nunca volvió a estar sola en una mesa tomando un café sin azúcar, ni tampoco volvió a pagar una cuenta en aquella pastelería que seguía siendo la más bonita del barrio.

Katy Salazar

Learn how we helped 100 top brands gain success