El soldado G

El sábado tiene un particular brillo. Durante el día caminan por las calles vendedores de ollas, circulan las carretas con afiladores de cuchillos, ruedan camiones recogiendo muebles para tapizar, pasa el señor rosa con el algodón de azúcar. En el mercado se extienden las frutas, las verduras, el pescado y los embutidos que lo mismo valen para comer que para un artista que quiera inspirarse y pintar un bodegón. Para desayunar, chocolate espeso y, para merendar, rosquillas fritas con una pizca de canela. Cuando ya cae la tarde el pueblo va quedando en silencio, se apagan los colores y sólo los animales escondidos no dejan de sonar. La noche ya no es ingenua, organiza encuentros clandestinos, de nuevos amoríos, de viejas amistades. La vida se traslada a los bares o se encierra en las casas. A mi edad, en la noche del sábado, me siento en mi portal y me llegan los recuerdos.

Terminábamos el bachillerato y vinieron las decisiones. En ese tiempo sólo había dos posibles: el ejército o la guerrilla.  Luis decidió irse con la guerrilla, su padre era carpintero y decía a todo el que le quería escuchar que el país tenía que cambiar, que las oportunidades sólo existían para los que vivían en la ciudad o para los hijos de los ricos y que era de valientes irse a luchar por un país más justo. Y Luis lo escuchó. A mí, mis padres me alistaron en el ejército, mi padre decía que había que cumplir con la patria y punto. A mí nadie me escuchó. Las dos familias no se volvieron a saludar y cuando yo volvía de permiso algún sábado nadie me hablaba de Luis ni de ninguno que se hubiera ido con la guerrilla.

No supimos que nuestras bases estaban tan cerca hasta ese sábado que el alcalde por decreto ordenó que todos los habitantes del pueblo y sus alrededores sin importar religión, raza, sexo, edad o afiliación política tenían la obligación de asistir a la fiesta y participar en los juegos. Nuestra comarca sólo tiene sólo dos pueblos, o sea que los juegos consistían en ganarle al vecino. Mi comandante nos dijo que había recibido copia del decreto con el programa de actividades y que era nuestro deber cívico asistir. Como toda fiesta, empezó mucho antes de que ocurriera. Ducha, afeitada, peinada, perfumada y para ese día ropa de civil.

Éramos diecinueve y el soldado G los que formábamos el batallón de infantería.  Salimos todos media hora más tarde que la avanzadilla que llevaba una bandera blanca, por si el enemigo no quería acatar la orden del alcalde. Mi comandante saludó a las autoridades y entregó solemnemente al soldado G para que participara en los juegos en nombre de nuestro batallón. Nosotros rompimos filas.

Allí encontré a Luis. Corrieron cervezas y abrazos porque como a mí me pasaba con Luis muchos nos habíamos criado juntos. Luis y yo como si nos hubiéramos visto ayer y fuéramos del mismo bando. Vi a mi comandante abrazar a un chico joven, ese día me enteré de que era su sobrino y que también, pertenecía a las filas enemigas.

Ninguno de los dos frentes participamos en los juegos, dejamos que la gente del pueblo se llevara las medallas.  A las siete de la tarde Íbamos empatados a puntos. La última competición del día era la pelea de gallos. Dependía del soldado G que nuestro pueblo se llevara la victoria. Habíamos pactado que al primero que diera tres picotazos seguidos ganaba. Nos unimos todos a animarlo como había mandado el alcalde, sin distinción de religión, raza, sexo, edad o afiliación política. Al tercer intento, el soldado G dio tres picotazos y el otro gallo cayó al suelo. Competir es importante, pero competir y ganar ya es la gloria. Celebramos hasta las tantas a sabiendas que éramos como aquellos jóvenes enamorados que se tienen que dejar, porque las familias son enemigas y su amor es prohibido. Y todos volvimos, cada uno a su frente, los de la guerrilla a un lado, los del ejército al otro.

El sábado de brillo ya había pasado y el domingo a las ocho de la mañana ya estábamos de pie y como si una nube del olvido nos hubiera embriagado nos pusimos nuestro uniforme, rifle colgando del hombro y a continuar con nuestra tarea, encontrar y matar al enemigo.

Un mes más tarde, me llegó un papel que me entregó uno de los guardas, el mensaje era de Luis. Me escribía: Pierna dañada en una explosión, necesito vendas y antibióticos aquí llegarán en cuatro días y puede ser tarde. Yo consulté con el médico de mi tropa y allí que me fui con lo que necesitaba. Yo sabía que, si era visto, era hombre muerto. La cita era en el puente, me esperaban unos con la cara tapada. No había banderas blancas. Entregué el encargo, pasé miedo, pero volví vivo.

Pasó otro mes y nos reunió el comandante y nos contó que su madre había muerto hacía cinco años y que justo lo habían llamado esa mañana para avisarle que su padre había muerto. Nos miró a todos como quién deja que su alma hable y nos dijo que lo único que le quedaba en esta vida era el soldado G y su sobrino el del batallón enemigo que todos conocíamos. Que necesitaría sólo tres días, que se iba a la ciudad a enterrar a su padre.

Yo quedé al mando del batallón. Estábamos en una época tranquila así que rodó aguardiente y alguna que otra botella de ron que le encontré a mi comandante escondida. Al día siguiente, llegó un cabo con la novedad de que el soldado G había amanecido muerto. Yo si tenía algún indicio de resaca todo se me fue a los pies.

Tenía sólo un día para organizar el sepelio de lo poco que le quedaba en esta vida a mi comandante. Necesitábamos una caja para el velorio. Las cajas de las que disponíamos eran para humanos de dos metros de largo en promedio. Una caja especial, porque a pesar de las peleas que le habían hecho crecer el pescuezo, el soldado G no medía más de cincuenta centímetros.

Le escribí una nota a Luis, diciéndole que necesitaba su destreza heredada de carpintero y se la entregué al mismo guarda que me había entregado la de él. Al otro día a las 10 de la mañana cuándo salí de la tienda había una caja de madera marrón en la entrada con la medida exacta. Estaba salvado. Le organicé el funeral al soldado G con cura incluido. Cuando llegó mi comandante todos estábamos alrededor de la caja velando al soldado G. Mi comandante montó en cólera y me mandó a trabajos forzados por no cuidar de la tropa en su ausencia. Yo esperaba mínimo consejo de guerra, así que me pareció bien el castigo.

El siguiente sábado era el cumpleaños de mi comandante, pero no lo sabíamos. Hasta que llegó un paquete con una caja de madera de unos cincuenta centímetros con muchos huecos y una nota que decía: Feliz cumpleaños, tío, que otro gallo seguro nos cantará algún día.

Me gusta recordar esos días, días de sol. Algunas veces pienso que nada de eso ocurrió, que es el brillo del sábado que me engaña. Así que me levanto de la silla de mi portal voy al patio y veo al Soldado G-1 comiendo maíz y disfrutando de la mañana, tan ricamente.

Sí, ya nos canta otro gallo.

Katy Salazar

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