Nuestro amor es de reloj. El reloj del salón me lo dice, cuenta las horas para que llegues y me pide darme prisa porque si no lo hago no estaré lista a las ocho en punto. Cuando llegas, me fijo en el que luces en tu muñeca, me recuerda que cada minuto contigo lo encuentro corto y a la vez infinito. Cuando son las diez de la noche, el reloj del baño te mira y tú perezoso te duchas, te vistes y te peinas. A las diez y media cuando te vas me quedo mirando a la pared del salón y entonces, es el reloj de nuevo el que me dice que pronto volverás.
Buenos días mi comandante, decimos todos por las mañanas cuando apareces por la puerta, golpeas el tacón de una bota contra la otra. Yo sé que vas a aparecer, porque te he escuchado bajar de tu coche, saludar al guarda y despedir a tu chófer. Pasas despacio por el medio de nuestras mesas, todos en silencio, con la cabeza gacha, dándote a entender que estábamos muy ocupados, te temen. Yo los miro y pienso, con la seguridad de quién posee un secreto, los monstruos, mis queridos compañeros, también se enamoran. Ya en la puerta de tu despacho te das la vuelta y nos diriges una mirada de autoridad, la cierras y te quedas allí solo la mayor parte del día. La soledad, amor mío, es el amargo destino de quien ejerce el poder.
A lo largo de la mañana cada uno de nosotros recibe un listado con los deberes del día. Mi listado de hoy al final tenía una nota en letra pequeña a lápiz, suave de esas que se pueden borrar sin dejar rastro: “Eres un producto de mi imaginación, así te había soñado”. Yo entonces paso el día etérea y liviana, sentada a la orilla de tu ensoñación.
Hoy muchos oficiales han desfilado por tu despacho, te oigo levantar la voz. Sé que odias saber de los muchos destrozos que causa esta maldita guerra. Te devuelvo mi informe con los deberes hechos que termina con una nota: “Te espero en casa, a las ocho”. Luego pasas por mi lado y me rozas levemente, yo te entiendo perfectamente: llegaré en punto de ocho, ponte tacones, hoy te llevaré magnolias.
Llego a casa a las seis, justo con el tiempo para prepararme para ti. Ordeno un poco la casa, elijo entre todos los vestidos el que me apetece lucir, me doy un baño y luego me doy crema con un poco de aceite de argán, mi piel queda suave y lista para la conversación profunda que tendrá esta noche con tu aliento. Suavizo mis manos, esas, que no llevan el anillo del amor eterno. Hoy las encuentro subversivas, piensan que el para siempre está hecho de muchos maravillosos momentos que no siempre son eternos.
Para el aperitivo pongo vino blanco, pan tostado y una tarrina de foie. El plato fuerte te mostrará un poco de salmón ahumado, queso y ciruelas pasas. Cada pincho de salmón, queso y ciruelas será exquisito, como si te pudiera ofrecer todo mi amor en un bocado.
Seguro, me pedirás que te traiga un cubo con agua, me desnudarás los pies y los meterás en esa agua tibia y abrazadora. Sacarás cada pie y lo besarás dedo a dedo. Me acariciarás los pies del derecho y del revés. Luego me zambullo en tus besos. Ya no sé muy bien que es el derecho y que es el revés.
Soy tu vida secreta, no te culpo, me gustan los secretos. No abro las ventanas, ni subo las persianas. Nuestro amor pertenece a la oscuridad, a las velas, a lo clandestino, a lo indebido. Me recuerda el alcohol en demasía. Aunque, te confieso, presiento una terrible resaca aun cuando te sigo bebiendo.
Hay una magia en nuestra vida de secreto, cuando pasan los días y son las ocho en punto y vienes a verme, se me olvida que te esperé, que te extrañé, que pasé soledad. Olvido tu ausencia y mi nostalgia. Entonces, me lanzo a vivir nuestra vida de reloj de dos horas y media. De ocho a diez y media.
Katy Salazar