Los domingos por la tarde los veo muy propicios para poner un poco de sal a esa herida que otros días se le olvida doler. Preparada para otra tarde de sofá y ya con la manta en la mano, pensé que una cura para el desamor es caminar en soledad, así que salí de casa y eché a andar.
No caía una gota, pero seguía lloviendo. Ni un mensaje, ni una llamada, habían pasado ya seis meses. La indiferencia en el amor duele más que el odio. Llegué a una zona verde con casas bajas. No sé si yo estaba muy distraída mirando las casas o la manía de los coches de andar muy rápido, pero un conductor tenía mucha prisa ese domingo por la tarde y pasó muy cerquita de mí, no me dio tiempo a reaccionar y su roce me tumbó sobre la acera. El conductor no hizo ni siquiera un amago de frenar. Esa prisa que deja un particular tono de desprecio.
Allí tirada, golpeada, tenía la sensación de estar por unos instantes adherida al pavimento. Un hombre se acercó corriendo, se agachó y me preguntó si me encontraba bien. Me ayudó a levantar, nada roto. Me dijo que vivía justo en frente que miraríamos esos raspones y que si lo creía necesario me acompañaría al centro de salud. Me fijé en sus zapatos muy brillantes y escuché una voz clara y segura. Tan segura que no me dio tiempo a responder, un brazo amable me indicaba el camino. La casa era grande y tenía una fachada cubierta de una hiedra espesa y verde. También me fijé en sus manos que metían la llave en la puerta con forma de arco, eran seguras, sabrían curar.
Me sentó en un sillón en la esquina de un salón vacío, el suelo era de madera, con un espejo que cubría toda la pared del fondo y una lámpara de lágrimas que colgaba en el medio. Trajo corriendo una caja grande con una cruz roja y una toalla mojada, me la dio para que me limpiara la cara y luego me pasó un algodón con agua oxigenada en los raspones. Escuchó la pregunta que no le hice. Sí, este es un salón de baile. Me dio un vaso de agua que bebí, le di las gracias, nada grave le dije, ya estoy bien. Se arrodilló frente a mi para curarme, en el espejo podía ver su imagen de espalda.
Mientras me pasaba los algodones, me dijo que era profesor de baile y que si quería podía venir a sus clases. Que el cuerpo se expresa como lo hace con las palabras. Que se puede bailar en frases cortas, en frases largas o creando una historia. Hizo una pausa y me dijo, en un tono bajo como quién confía un secreto, que son los que bailan, los que escriben, los que pintan, los que inventan, los que realmente caminan por el mundo. Que el que crea participa de la vida. Que los que escriben crean relatos para darle vueltas a la vida, que los que pintan descubren su color y los que bailan escuchan su ritmo.
Me levanté para marcharme. Él salió conmigo, me hizo un gesto con la mano y siguió su camino, yo tomé el mío de vuelta a casa. El día había clareado hacía un calorcito deseable, me puse mis gafas de sol de pasta color caramelo y eché a andar.
Durante la semana pensé en ese salón vacío. Y me vi allí, frente a ese espejo bailando con el de los zapatos brillantes, con un vestido largo palabra de honor, el pelo recogido, los cuerpos juntos, las piernas entrelazadas y las cabezas echadas para atrás mirando cada uno para un sitio y bailando en círculos y en frases cortas. El domingo siguiente pasé por una pastelería y compré una tarta de queso, tenía que darle las gracias por su ayuda y preguntarle los horarios y los zapatos que tendría que comprar para sus clases.
Mientras caminaba pensé que no sabía el nombre del profesor de baile, no me lo había dicho y que tal vez yo tampoco le había dicho el mío, y que ya no llovía. Y pensando esto y aquello, estaba ya en la calle dónde pasó el coche y me dejó tirada. Justo enfrente estaba la casa grande con la hiedra en la fachada. Me sorprendió que, aunque sólo habían pasado ocho días muchas hojas se habían caído dejando ver los tallos delgados de la hiedra, la impresión era la de una mujer un poco calva con las venas al aire.
Toqué el timbre y me abrió la puerta despacio un señor muy mayor, con cara de ¿Quién es usted? Le pregunté por el profesor de baile, un poco avergonzada por no saber el nombre. Me dijo que lo sentía mucho pero que en esa casa no había ningún profesor de baile, que él vivía allí hacía muchos años.
Le volví a echar un vistazo a la casa por si me había equivocado. De ninguna manera, esa era la casa, estaba segura, la misma puerta con forma de arco. Un bulto en la fachada me causó curiosidad, recogí un nido en el esqueleto de la hiedra, y le corté unas ramas, como si con esos trozos me llevara la prueba de la existencia de la casa, de la hiedra, del profesor de baile con sus zapatos brillantes con sus frases cortas y con sus manos que curan.
Volví a casa con mis gafas de sol de pasta color caramelo pensando que sí, que es verdad que creamos historias para darle vueltas a la vida y que por el camino la herida del amor indiferente había dejado de dolerme.
Katy Salazar