Moli

Me encanta el orden y Japón es perfecto. Todo está en su sitio. Empecé como reserva, pero hace ya seis meses que toco el violín como titular de la Orquesta Filarmónica de Kioto. Mujer y extranjera, difícil logro. Mi vida está cogiendo buen color, después de años de lucha rancia, hasta creo que hay un amor que por ahí asoma la nariz.

La semana pasada recibí una carta de mi padre. Mi abuela estaba muy enferma. Mi abuela, mi amor de infancia. No tuve más remedio que hacer maletas y volar a Bogotá. Había que poner el mejor colorete en mi cara y caminar un rato por el pasado. Me recibió mi padre en el aeropuerto muy consternado más que por la situación, por mi llegada. Me dijo que ya le habían dicho a la abuela que una compañera del conservatorio de su nieto pasaría algunos días con ella.

Era verdad, mi abuela se estaba apagando. La encontré muy delgada, veía poco, oía mal y le costaba hablar, pero me recibió con una sonrisa y me saludó:

-Hola Moli.- Te estaba esperando.

Me mostró la foto de la graduación de Tony, ese que era yo, y la medalla que gané de niño jugando al ping pong. Me dijo que a pesar de todo el tiempo que había pasado desde el viaje de su nieto a Kioto lo llevaba siempre en su corazón. Pasamos juntas toda la tarde. Acaricié su mano, su pelo y pude darle un beso de despedida. Al otro día cuando volví a verla, la abuela ya agonizaba, se apagó del todo. La enfermera me entregó un libro que había dejado la abuela para mí.

De regreso a Japón, en el avión, empecé a leer el libro. Encontré una nota:

“Querida Moli, gracias por venir a verme, ahora me puedo morir tranquila, a mi no me importa que seas Moli o Tony, eres una criatura sensible y maravillosa. No dejes de hacer tu música, aprovecha los buenos momentos que te pueda brindar la vida y vive ese amor que se asoma.
Pdta. Tienes que aprender a sentarte con falda y a cruzar las piernas con estilo, se te ven las bragas”

Te quiere, tu abuela.

Katy Salazar

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