En éstos días de encierro el vecindario cobra vital importancia.
A la pareja que vive en el piso de abajo la vida los ha premiado con un bebé lindo pero llorón. Supongo que se han dividido las tareas. En el día le toca a la madre que lo mima y logra calmarlo, excepto a la hora de mi siesta que el niño berrea como si ya supiera que nos van a alargar la cuarentena. Por la noche está con su padre, que le canta canciones de cuna a las tres de la mañana con un toque flamenco y creo que prefiero el llanto del niño, que anoche ya empezó a llorar por bulerías a los quejidos del cantaor de su padre.
Un poco antes de las ocho, oigo a la pareja del segundo que discuten con las frases típicas: hoy te toca a tí, ayer llovía y no pude salir, hice la cena y el desayuno, yo aspiré, eso no es aspirar, tu siempre igual, tu madre ya me lo decía, que falta de consideración, todo yo, te prometo que cuando vuelva limpio los baños. Un portazo y veo que alguno de los dos, el que haya ganado la pelea, sale de paseo con el perro. Los dos juntos muy tiesos y muy majos y con bozal, justo a las ocho recibiendo en primera fila todos los aplausos del vecindario. ¡Oleeee toreros!
Por la tarde, escucho varias voces y los primeros dias pensé que los vecinos que viven a mi derecha recibían visitas lo cual era totalmente denunciable, y no, no era así, es que la mujer llama a su padre que vive en Venezuela y la verdad es que la encantadora vecina no necesita teléfono porque estoy segura que le escuchan al otro lado del mundo sin ningún problema. Por fortuna para mí, puedo seguir la conversación y me entero de la historia completa porque también escucho las respuestas del padre. En la conversación de ayer el padre ya nos confirmó a todo el vecindario y a mi, que deshereda al hijo, porque no es de recibo, dijo, que Manuel Alfonso, continúe dando malos pasos y que le guste que le llamen Virginia.
Y yo no me salvo, los otros dirán que hay una vecina loca que corre todo el día detrás de unas botellas de vino, de unas latas de cerveza y de unos paquetes de galletas. Y es evidente que no estoy loca y que no soy yo. Es un duende borracho y glotón que habita en mi casa. Pero poco a poco nos vamos haciendo amigos, ayer le pregunté que porqué se escondía y me dijo que como todos, que le gusta soñar que algún día alguien especial lo encuentra.
Bueno, no me aburro.
Katy Salazar